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El feminismo y mi camino a la recuperación

Agosto 11 de 2015

Isabella HigginsTodavía recuerdo la primera vez que me sentí "gorda". Me estaba probando mi bikini nuevo, que había comprado con mi mamá la semana anterior. Corrí hacia mi mamá, la miré y llorando le dije "mamá, no me gusta cómo me queda. Me veo tan gorda".

Estaba en tercer grado.

El siguiente recuerdo que tengo de sentirme "gorda" fue cuando estudiamos nutrición en mi clase y todos los estudiantes tuvimos que llevar un registro de nuestra alimentación durante una semana. Toda esa semana estuve preocupada por lo que comía. Tenía miedo de que me consideraran una "gorda".

Estaba en cuarto grado.

Seguí batallando con una percepción negativa de mi imagen corporal durante toda mi infancia y, en 10° grado, el problema de la anorexia nerviosa se volvió una dura realidad. Mi resolución de Año Nuevo para el 2009, que fue llevar una vida "saludable", rápidamente se desvaneció en un espiral descendente que me llevó a un auténtico trastorno alimenticio. Mi vida se convirtió en una combinación de aislamiento social, problemas de salud y el anhelo permanente de ser cada vez más delgada. Afortunadamente, gracias a la supervisión de mis padres y a su dedicación para conseguirme ayuda, ingresé a un programa de recuperación en el otoño de 2009. En 2010, me había recuperado físicamente y ya había alcanzado el peso que mis médicos consideraban saludable. Sin embargo, la imagen negativa que tenía de mi cuerpo, la timidez y las inseguridades continuaron.

Mi sensación de frustración era constante al notar que mis pares pensaban que estaba totalmente recuperada por el simple hecho de que mi peso había vuelto a la normalidad. Estaba lejos de haberme recuperado. Mi trastorno de la conducta alimentaria me hostigaba y llenaba mi cabeza de pensamientos como "Eres gorda", "No vales nada" y "Eres un fracaso". Odiaba mi trastorno de la conducta alimentaria y me preocupaba no poder jamás liberarme de su control.

A medida que avanzaba hacia la total recuperación, comencé a interesarme en descifrar lo que era la anorexia y descubrir los factores sociales que podrían haber contribuido al desarrollo de mi trastorno de la conducta alimentaria. Comencé a tomar clases enfocadas en el ámbito social, como por ejemplo el curso en mi escuela secundaria "Conocimientos básicos sobre la cultura y los medios de comunicación". Todavía recuerdo claramente cuando vimos un fragmento de la película Peter Pan. Campanita vio su reflejo y se mostró molesta con el tamaño de sus muslos. Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro. No me extraña que tuviera una imagen corporal tan negativa cuando era niña. Incluso las películas para niños estaban inculcándoles a las niñas que sus cuerpos no eran lo suficientemente estéticos.

En la facultad, tomé más clases enfocadas en temas sociales y comencé a instruirme sobre el feminismo. El feminismo suele definirse como la creencia de que las mujeres y los hombres son iguales, por lo que merecen tener los mismos derechos. Para mí es mucho más que eso. Hoy por hoy, por ser feminista, comprendo mejor de qué manera las desigualdades en los medios de comunicación, el sistema educativo y otras instituciones refuerzan el concepto de que las mujeres son inferiores a los hombres. Aprendí a partir de los mensajes transmitidos a las mujeres y comprendí por qué solía sentirme fuera de lugar. Tenía una visión ideal no realista creada por la sociedad. Nadie en este mundo puede lucir naturalmente como las modelos retocadas con Photoshop ni tener un cuerpo como la muñeca Barbie. A medida que fui aprendiendo más, mis ideales no realistas comenzaron a derrumbarse.

También comencé a defender mi posición.

Solía tener un rol pasivo y creer que mis opiniones no valían, pero comencé a darme cuenta de que mi voz era tan importante como la del resto de las personas. Comencé a tener más amor propio, lo que me llevó a defender mis derechos y sentimientos, y a alzar mi voz cuando no estaba de acuerdo o me sentía incómoda. Comencé a adoptar un rol más activo en mi propia vida.

Ahora, mentiría si dijera que nunca tuve una imagen negativa de mi cuerpo o días de baja autoestima. Pero las herramientas que adquirí mientras aprendía sobre el feminismo me ayudan a combatir los pensamientos tóxicos. Ya no aspiro a tener el cuerpo de una modelo. Ya no paso mis días obsesionada con lo próximo que voy a comer ni pensando cómo voy a quemar las calorías. En lugar de eso, analizo los mensajes que recibo de la sociedad antes de asimilarlos. Ya no acepto la idea de que debo hacer dieta, de que soy un objeto sexual ni de que debería ser sumisa.

En mi recorrido hacia la recuperación, nunca olvidaré lo importante que ha sido el feminismo para ayudarme a alcanzar un estado mental más saludable.

Isabella Higgins se ha graduado recientemente en la University of North Carolina en Chapel Hill de la carrera de Sociología con especialización en las mujeres y el género. Planea seguir una carrera en la salud pública y siente una fascinación especial hacia el esmalte de uñas.

Las afirmaciones y las opiniones que aparecen en esta entrada de blog pertenecen a su autor y no necesariamente representan las opiniones de la Oficina para la Salud de la Mujer del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU.