Saltar al contenido principal
Bandera de los EE. UU.

Un sitio web oficial del gobierno de los Estados Unidos

Besos y sufrimiento

Abril 1 de 2015

Advertencia sobre contenido: violación y abuso sexual

Katie KoestnerCuando tenía 6 años, quería ser bailarina. Una rosada y vaporosa. A los 14, quería ser ministra. Quería acercarme a Dios tanto como fuera posible. A los 17, quería ser ingeniera química y aprender a hablar japonés. Luego, a los 18, me violaron.

Mi violación lo cambió todo: mis relaciones, mis objetivos de vida y mi visión del mundo. El mundo se convirtió en un lugar donde se podía romper la confianza. Decidí que tenía que tomar alguna medida en cuanto a "eso", a todo lo que conlleva el problema de la violación. Así que hablé del tema abiertamente para hacerles saber a otras víctimas que no estaban solas. También lo hice para expresar sin tapujos que la violación no debería seguir siendo un delito que se debe acallar.

¿Por qué algunas víctimas deciden denunciarlo y otras eligen el silencio? Creo que quienes lo hemos sufrido, intentamos revaluar nuestros propios criterios de justicia. Cuando un delito es tan personal y quebranta nuestra confianza, intentamos encontrar estabilidad en una situación que nos hace sentir continuamente inestables, como en un terremoto. Mientras tratamos de encontrar una base sólida, buscamos, en forma simultánea, una manera de verbalizar lo que nos han robado para poder, de alguna manera, dar una dimensión palpable al daño y la pérdida que hemos sufrido. Sentimos que nos han robado, pero no sabemos cómo describir lo que nos han arrebatado. Después, imaginamos lo que ocurriría en una docena de situaciones hipotéticas con diferentes posibles resultados, tal como lo haríamos al razonar nuestras opciones en un partido de ajedrez. Muchas de nosotras decidimos que el silencio es, sencillamente, la opción menos problemática, la que menos tiempo demanda, la menos extenuante o la menos costosa.

En mi caso, mis criterios de justicia me alejaron rápidamente del silencio. Acababa de empezar la universidad y no conocía a nadie. No tenía nada que perder. Era osada. Así que conté lo que me había sucedido. Lo conté a voz en cuello. No lo conté como una confidencia, no se lo conté a una amiga. No se lo conté a mis padres, ni siquiera a mi hermana. La primera persona con la que hablé fue mi consejero residente. Por suerte, él intentó ayudarme de la mejor manera posible.

Durante el proceso que me llevó de mi consejero residente al centro médico, luego a la Oficina del Decano, a la policía del Campus y al resto de los "componentes del sistema", sentí el aguijón del prejuicio y percibí la falta de capacitación y la desinformación. Pero me negué a desistir. De hecho, cuando decidí que las reglas no eran justas, elevé mi voz aún más.

Las políticas de mi facultad relativas al abuso sexual exigían que la víctima opusiera resistencia, no era suficiente que no diera su consentimiento para la relación. Es decir que mi atacante podía hacerme lo que quisiera hasta que yo intentara detenerlo, hasta que me resistiera. Ningún otro delito exige resistencia por parte de la víctima para ser considerado como tal. Quería que esto cambiara.

El hecho de que él hubiera pagado la cena y yo lo hubiera invitado a mi habitación no me hizo sentir que le debiera algo. Decidí que si me quedaba callada, no cambiaría nada. Sentí que no me permitiría sanar. Para mí, hablar es una manera de empoderarme. Contar mi historia puede cambiar el mundo.

Es por eso que escribo este artículo. Escribo para decirles a todas las mujeres que han pasado por mi situación, que no están solas. Quiero que sepan que merecen ser respetadas, independientemente de las circunstancias. Todas nosotras tenemos derecho a decidir quién nos toca y en qué situación. Nadie debería jamás besarte y lastimarte al mismo tiempo. Súmate a más sobrevivientes para hacer un taller en línea gratuito que te ayudará en tu camino hacia la sanación, el 6 de abril de 2015, a las 9 p. m., EDT. Obtén más información ingresando a www.takebackthenight.org.

Las afirmaciones y las opiniones que aparecen en esta entrada de blog pertenecen a su autor y no necesariamente representan las opiniones de la Oficina para la Salud de la Mujer del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU.