Perdiendo a Ethan

Nuestro hermoso bebé nació a las 24 semanas. Cuando el médico me dijo que había nacido, contuve la respiración, esperé y recé por escucharlo llorar. Cuando lo escuché respirar, yo también lo hice. Se lo llevaron inmediatamente a la Unidad de cuidados intensivos neonatales (NICU, por sus siglas en inglés). Poco después de que regresé a mi habitación, llegó una enfermera y me pidió el teléfono celular. Se lo llevó y cuando volvió, traía fotos y un video. En ese video vi a mi hijo por primera vez.

Candace Marshall HumphreyCada día, mi esposo y yo nos trasladábamos hasta la NICU y nos quedábamos varias horas mirando a Ethan, orando por él y hablándole a través de los orificios de la incubadora, pero en ese tiempo también llegamos a conocer a su fabuloso equipo médico. Sabíamos cuáles eran las posibilidades de que Ethan sobreviviera. Estábamos muy asustados y preocupados, y también percibíamos la preocupación del equipo médico. Ethan era un bebé de esos en los que el logro era "vivir el día", de manera que el objetivo del equipo era mantenerlo vivo hasta el día siguiente. Una vez que empezaba el nuevo día, volvíamos a cero.

Así que me aferré a mi fe, creyendo en la posibilidad de un milagro pero sin perder de vista la realidad. Me aferré a la certeza de que los miembros del equipo médico pondrían en práctica todos sus conocimientos y me aferré a los datos que tenía sobre algunos bebés nacidos más prematuramente y con menos peso que Ethan, que lograron sobrevivir y salir adelante.

Pero incluso sabiendo todo lo que sabía, nada podía prepararme para perderlo. Había progresado mucho hasta el día en que murió. Solo necesitaba un poco más de tiempo. Nos fuimos del hospital sintiéndonos vacíos y enajenados, incapaces de procesar lo que acababa de ocurrir. Ni siquiera recuerdo cómo logramos conducir de regreso a casa.

Los días que siguieron fueron oscuros. No podía comer ni dormir. Me sentía como si estuviera en una pesadilla de la que no podía despertar. El mundo entero se había desplomado sobre mí. Pensé en todos los momentos que nunca viviría con Ethan. Nunca lo vería sonreír ni vería su primer diente. Nunca sería testigo de sus primeros pasos. Nunca recibiría de regalo un collar de macarrones ni tendría en mi refrigerador dibujos hechos con sus dedos. Tampoco habría fotos suyas de primer grado sin sus dientes delanteros. Ni celebraciones de cumpleaños. No habría baile de graduación, ni tampoco una graduación. Jamás lo escucharía decirme "mami".

Algunas personas tuvieron actitudes que contribuyeron a empeorar la situación. Hubo quienes dejaron de llamar y desaparecieron. Supongo que lo hicieron porque no sabían qué decir. Otros se apresuraron a decir: "Eres joven, tendrás otro bebé", "Dios no se equivoca" o "Es su voluntad". Nadie debería hacer estos comentarios a alguien que acaba de perder un bebé. Sin embargo, los sigo escuchando, una y otra vez, junto a otros más. Lo que me dijeron no me ayudó a recuperarme, sino que empeoró mi dolor. Pero por cada acción que me hizo daño, hubo muchísimas otras que me llenaron de amor y sostén, y me ayudaron a sanar. Encontré consuelo en mi esposo, mi familia, mis amigos más íntimos, la iglesia y en mis colegas, tanto los actuales como los que ya no trabajan conmigo.

Me sentí sumamente conmovida por la actitud de mi ginecóloga y obstetra, que fue muy considerada conmigo por mi pérdida. En cuanto se enteró de lo de Ethan, me llamó para saber cómo estábamos mi marido y yo. Lo que no supe hasta esa llamada fue que ella había ido a la NICU regularmente para ver cómo estaba mi bebé antes de hacer sus rondas. Cuando fui a verla para mi siguiente control, entró a su consultorio sin la bata blanca y sin mi historia clínica. Me abrazó y me dejó llorar durante todo el tiempo que necesité. En ese momento no era tan solo mi médica, era mamá, igual que yo, y aun más importante, era alguien que se interesaba por mí. Tal vez para ella todo esto haya sido parte de su trabajo, pero para mí fue sumamente especial.

Después de hablar con otras personas, me sorprendió averiguar que varias de las parejas a las que conocía habían perdido a un hijo por un aborto espontáneo, durante el parto o después del nacimiento. Algunos habían sufrido en silencio por elección propia y otros porque no sabían qué hacer o a quién recurrir. También me sentía perdida. No hay un manual ni un mapa para pasar por esto.

Afortunadamente, alguien me sugirió que asistiera a un grupo de Share Pregnancy & Infant Loss Support. El grupo de apoyo, junto con varias sesiones de orientación sobre el duelo, me ha enseñado cómo lidiar con el sufrimiento de maneras saludables. Un acrónimo que incorporé por sus enseñanzas fue DEER: Drink (Beber). Eat (Comer). Exercise (Ejercitarme). Rest (Descansar). Tener en mente el acrónimo DEER me ha ayudado a cuidarme cada día, independientemente de que el día sea bueno o malo. No puedo volver a tener la vida que tuve antes de perder a Ethan, por eso fue tan importante aprender a funcionar dentro de un "nuevo estado de normalidad".

Mi consejo para quienes están lidiando con una pérdida de este tipo es que se tomen el tiempo necesario para sanar. Acepten que es normal sentir dolor y que el proceso de duelo puede durar varios meses. El sufrimiento puede parecer insoportable, pero estar en contacto con la familia, los amigos y grupos de apoyo, y buscar orientación profesional puede ayudar. No tengan miedo de buscar asesoramiento, especialmente si sienten deseos de lastimarse o lastimar a otros.

Octubre es el Mes de las Pérdidas de Bebés. La mayoría de las personas desconoce lo que se recuerda en este mes o que el 15 de octubre es el Día de Conmemoración de Pérdidas de Embarazos y Bebés. En este día, las personas encienden velas en todo el mundo a las 7 p.m. de cada zona horaria para recordar a los bebés que han muerto y a sus familias. Si conoces a alguien que haya perdido un hijo por un aborto espontáneo, durante el parto o después del nacimiento, tómate el tiempo de acercarte a ellos, no solamente en este mes sino también durante el resto del año. El dolor por la pérdida de un hijo no se siente solo en octubre... se siente de por vida.